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Recientemente Karlos Arguiñano, en un programa de televisión, comentaba con sorpresa que cómo era posible que, siendo la dieta mediterránea la más saludable, España tuviese uno de los mayores porcentajes de obesidad infantil de entre los países de su entorno.

El cocinero no dudó en señalar a los padres y las madres como los responsables de este hecho. Si bien no son los únicos, sí es cierto que tienen en su mano la potestad de decidir qué es lo que los niños tienen que comer, cuándo y cuánta cantidad.

Según los resultados publicados en este (catastrófico) 2020 del Estudio Nutricional de la Población Española (ENPE), aproximadamente el 40 % de los niños de entre 3 y 8 años tienen obesidad o sobrepeso.

Este hecho, en una edad tan temprana, puede determinar mayores problemas a futuro. Es más, a finales de 2019 se publicaba otro en el que se afirmaba que el 35 % de los menores de entre 8 y 16 años – la siguiente franja – tenía problemas de sobrepeso y clasificaba al 14 % con problemas de obesidad.

Un ligero sobrepeso que se percibe por los padres y la sociedad como solo eso, un ligero sobrepeso, puede derivar a problemas mayores en el futuro si no se educa en hábitos saludables.

Es importante no abandonar la lucha contra la obesidad porque dejarse llevar puede provocar muchos problemas de salud: colesterol, enfermedades cardiovasculares, problemas respiratorios, etc. Un ejemplo de lo que no hay que hacer lo vemos en Estados Unidos en negocios como Wallmart, donde ya hay carritos eléctricos para que las personas con fuerte sobrepeso ni siquiera tengan que hacer el esfuerzo de caminar por los pasillos mientras hacen la compra, compran productos no saludables y entran en un círculo vicioso sin sentido.

Pantallas, comida poco saludable y falta de ejercicio físico, entre las principales causas de sedentarismo

Aunque los padres tengan gran parte de la responsabilidad en el inculcar una educación en alimentación y buenos hábitos, no son los únicos responsables de esta situación.

La sociedad, la televisión o el tipo de oferta de ocio hace que los niños y niñas cada vez lleven una vida más sedentaria y por ende se tienda a no conseguir quemar calorías.

Este año, con el confinamiento y la imposibilidad de salir a la calle, los padres y madres se han dado cuenta, en muchos casos, de la importancia de moverse para estar bien.

Se han disparado el uso de aplicaciones o visionado de vídeos de gimnasia para mantenerse en forma y no dejarse llevar por una situación de gran estrés colectivo. Aunque llevado al extremo, si muchas personas no se hubiesen mantenido activas durante esos 100 días que duró el encierro, hubiesen salido de verdad con problemas importantes de sobrepeso.

Entre las causas del sedentarismo infantil, podemos identificar algunas que influyen mucho más de lo que creemos:

El ocio basado en videojuegos y pantallas. Lejos quedaron ya las videoconsolas de los 90, ahora la oferta es tan vasta que los niños y adolescentes se pueden quedar horas y horas encerrados jugando. De hecho, para intentar que no se convierta en un problema muscular también, se han sacado sillas ergonómicas que aguantan más de 120 kilos – por lo que suelen utilizarlas también los adultos que tienen que estar mucho tiempo sentados.

Además frente a la pantalla tantas horas incide también en la calidad visual y la carencia de vitamina D por estar en un sitio cerrado.

Ausencia de ejercicio físico. Los expertos de la OMS recomiendan que los niños de 8 a 17 años realicen al menos 60 minutos al día de ejercicio físico. Esto es una hora que los adultos, en muchas ocasiones, no tienen, pero ellos sí. ¿Lo hacen? Seguramente muchos no. Si solo el entretenimiento fuese más social con juegos tradicionales como el pillar, el escondite o balón prisionero, muchos de esos minutos se consumirían. Es cierto que en el patio del colegio se dan estos juegos que también ayudan a relacionarse más, pero no siempre y es solo un rato muy acotado.

La relación con la alimentación. Educar en una alimentación saludable a edades tempranas es muy importante, tanto a nivel físico como a nivel mental. Sin embargo es muy común utilizar la comida – y sobre todo la llamada comida basura – como un aliciente o un premio. ¿Cuántas veces habremos oído aquello de “si te portas bien mañana comerás esto o eso de postre o iremos a comer una hamburguesa a tal o cual sitio?”. Si lo pensamos, nosotros mismos también nos premiamos. En este sentido hay que lograr cambiar el chip y no tener esa relación – a veces insana y de amor – odio – con la comida. Igualmente, una vez se rompa este círculo vicioso, también es importante que la dieta esté equilibrada, se reduzcan las dosis de azúcar y se favorezca un orden en las comidas y la ingesta de frutas, hortalizas, pescado, carnes, frutos secos y aceite de oliva virgen extra. O sea, la dieta mediterránea de la que hablaba Karlos Arguiñano.