La poda

Publicado: 19/11/2018
Autor

Adelaida Bordés Benítez

Adelaida Bordés es académica de San Romualdo. Miembro de las tertulias Río Arillo y Rayuela. Escribe en Pléyade y Speculum

Hablillas

Hablillas, según palabras de la propia autora,

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Las ramas cortadas parecen ofrecerse para las fogatas de las zambombas, aunque las llamas y el humo queden en el recuerdo.
Siguiendo el patrón, se ha adelantado. Por las mañana se oye la sierra cortando las ramas de los árboles de la calle Real. Es como un ronquido extraño, largo, que más bien parece una queja que huele a madera fresca y a hojas verdes. Este año se ha empezado por ellos, con orden y concierto, desmochando y recogiendo, cercando el perímetro de trabajo para evitar sorpresas, como es habitual, como debe ser. Este adelanto gradual puede deberse al número y al tamaño, mayor que los de hace años. Entonces sólo había árboles en las plazas y la poda se hacía por la Inmaculada, días antes de las vacaciones de Navidad. Entonces veíamos a Mainé, el jardinero de toda la vida, encaramado a los ficus de la Alameda y la Plaza del Rey, asegurando a la gente que habría sombra en  verano.  

            Y es que la poda es el prefacio, la presentación de la fiesta más entrañable del año. Las ramas cortadas parecen ofrecerse para las fogatas de las zambombas, aunque las llamas y el humo queden en el recuerdo. También estas reuniones, estas celebraciones se adelantan, uniéndose en esta ocasión con la Semana de la Música. En realidad es una suerte tener dónde elegir, recurrir a una agenda virtual porque los actos se agrupan, en razón a que hay más de uno al día. Lo cierto es que la etapa que comienza ha logrado que la familia salga a la calle, dejando la casa para los días señalados. Inevitablemente reflexionamos para concluir en cómo han evolucionado las costumbres conservando el origen, esto es, la reunión. Las casas están pensadas para cuatro, cinco, seis personas. En cuanto se unen abuelos, tíos,  primos y demás afectos, procede contemplar la posibilidad de pedir las sillas al vecino, como en los antiguos velatorios. Bromas aparte, se trata de disfrutar en grupo y lo que hasta hace unos años coincidía con una fecha puntual o un aniversario, ahora es el pretexto, la causa para celebrar. De momento, los fines de semana llenan las mañanas de color, saltos y alegría infantil con los castillos hinchables. Luego serán los talleres, el encendido del alumbrado, las visitas a los belenes, los concursos de villancicos y las quejas de los de siempre, que no pueden faltar. Han empezado por la poda, quejándose del ruido tempranero de la sierra, del espacio ocupado por el cercado de seguridad. Estas hablillas la recuerdan todos los años, especialmente la de los naranjos de la calle Ancha, y con cariño y una sonrisa para la mano amiga que se apresura a coger la naranja agria para las tortas de Nochebuena.

La poda desparrama esencia isleña.

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